Quiero una escalera que no proyecte su sombra para recordar lo que no está escrito. Quiero tabaco que no robe lágrimas. Quiero cafés que no se enfríen y tomarlos mil y una veces contigo y una sola vez con mil hombres. Quiero unas gafas de sol que lleven el sol en los cristales. Quiero absorber en una pajita el mundo y atragantarme.
Por-que la osadía no lleva a ninguna parte, pe-ro la audacia derriba puertas. Quiero una escalera que no proyecte su sombra para recordar lo que no está escrito. Y subir para bajar el cielo, en picado y a la izquierda.
Porque Atlas está cansado y yo también de las ambiciones humanas altivas. Que si fuesen golondrinas estarían en otro poema.
Veo atardecer desde mi ventana. El cielo mantiene todavía su color azul, pero desde hace un par de días también se tiñe de morado. Yo le digo a mi padre, cuando estamos en la cocina, que se acerque a verlo. Mira, papá. Otra vez el cielo está rosa. Y él lo mira contemplativo, pero indiferente. A mi me da igual su expresión. Se lo volveré a decir todas las noches que estemos juntos cenando en la cocina. Y todas esas veces le insistiré para que se asome a verlo. Porque da igual que el cielo esté azul, morado y rosa, pero mi padre no me da igual y él no está bien. Hace algún tiempo sufrí mucho. A veces se me hace lejano y otras cercano, pero la constatación existe. Fue así una vez. Sufrí por alguien en concreto y nadie me causó daño. Sufrí por algo en concreto y nada en especial. Puede que fuera sobre todo y sobre nada. Puede que sea mi herencia genética o puede que fuese, simplemente, la vida. Que ocurre. Que si vivimos nos rompemos porque es nuestro precio por nacer. Y durante todo ese tiempo deconstruido en el que estuve sumergida, que no inundada, porque decidí tomar el timón de mis actos, hubo placer y decepción y cariño y recuerdos y magia, de adivinación. De esa que no predice, pero con la que se juega sobre qué podría ser. Sobre cómo una podría ser feliz o qué le impide ser feliz. Fui alguien en algún momento, pero que ahora no recuerdo, aunque por ello no deje de ser. Átomos en esencia; neutrones orbitando alrededor de un núcleo. Pero ocurre que las distancias mutan. Y eso se ve en un microscopio o en un depósito de gasolina después de haber quemado 180 kilómetros de un día a otro. Que las carreteras son unas y la fatiga de las personas es otra.
Nancy Sinatra
Ahora soy una bala. Las balas tienen un objetivo, certero o no, de dirigirse hacia algo. Tienen una trayectoria, aunque la mía no es fija y siempre rebota en los cristales de las botellas del otro lado del bar. Sobre todo en los vinos, a los que últimamente he cogido mucha fijación. Reboto en ellos como saltando las líneas de un pentagrama, haciendo música, y canto y bailo y me balanceo porque no soy mortífera. Todavía. Pero lo puedo ser. Pese a todo. Soy una bala apátrida. Que no tiene ni dios, ni amo, y que no la sujeta nada más que ella misma y la plata con la que está hecha para perforar los corazones de los lobos que se esconden en los bosques, de los cobardes, de los que se ocultan en las sombras. Los otros lobos, los que emergen de la oscuridad, me engullen pese a mi coraza. Y, pese a que sea doloroso, disfruto también. Porque se trata de morir un poco para sentir que se está viva. Entonces dejo de ser una bala, para ser carroña, para ser también loba. Porque aquella que tuvo los ojos abiertos una vez, no podrá volver a cerrarlos. Y aquella que aprendió a aullar, tampoco podrá volver a ser esa niña a la que abrigaron con una caperuza roja. Y aún con todo me dirán exitencialista. Y yo diré; me corro con el existencialismo. Es cierto eso de que la letra con sangre entra, pero me temo que este no es el lugar ni el momento más apropiado para ello. Porque la verdad no hace ruido.
La abrazó fuertemente, tibio, liso, elástico y duro: un cuerpo. Estaba allí, contenido por entero en ese cuerpo de hombre que ella apretaba entre los brazos. Todo el día se le había escapado: refugiado en su pasado, metido en sus pensamientos, dividido entre su madre y Denise, desparramado sobre el mundo entero, y ahora estaba allí contra su carne, bajo su rostro, bajo su boca, en el fondo del instante inmóvil: tan sólo uno cuerpo ciego iluminado apenas por el crepitar de millones de chispas. No me traiciones. No te vayas lejos con este cuerpo que mi cuerpo llama. No me dejes sola frente a la noche ardiente. Gimió. Estás aquí. Tan seguro, como que estoy aquí. Para mi, no por ti, esta carne que tiembla; tu carne. Estás aquí. Me deseas, me exiges. Y yo también estoy aquí, una llameante plenitud contra la cual el tiempo se quiebra. Este minuto es real para siempre, tan real como la muerte y la eternidad.
Cuando me tocas, me
siento mujer. Sin ti no tengo ni la forma, ni el aspecto, ni el olor,
pero cuando me tocas me siento realmente una mujer.
Tú me mueves con un
simple balanceo y yo me dejo llevar. Para no interrumpirte, para no
destrozar tu perfecto cálculo, cada de una de tus respiraciones.
Yo te siento. Yo te
siento encima de mí,
abrazándome, ni muy suave ni muy fuerte, la manera precisa que yo
esté bien agarrada y me puedas manejar.
Tú me haces sonar.
Porque es imposible que sin ti yo lo haga. Un sonido tan potente y
ceremonioso que todo lo demás parece disolverse para impedir que su
pureza se pierda.
Yo cambio. Yo cambio
cuando tú lo haces, cuando tú me mueves, cuando tú me tocas y
cambias, yo también cambio. Lo hago contigo. Lo hago necesariamente
contigo. Porque sin ti no lo haría.
Yo no soy más que
un trozo de madera que no tiene forma, ni aspecto, ni olor de mujer,
pero cuando tú me tienes es distinto. Yo me comporto como si lo
fuera, la mujer de tu vida, la que te hace soñar con grandes
ambiciones. Porque sé que eres ambicioso y me encanta.
Yo me comporto como
la mujer que te permite ser el hombre más feliz del mundo. Cuando me
tocas, yo noto como tú te vuelcas en mí, que yo soy tu todo y tú
lo eres todo para mí.
Cuando no lo haces,
me duele. No es que te quiera solamente para mi, no es eso. No podría
hacerte eso. Simplemente, porque no podría estar sin ti. Me
entristezco porque parece que no quieres que te conozcan, que no
quieres que las personas que te rodean te vean como te veo yo, como
te veo cuando estamos juntos.
Porque juntos
conseguimos elevarnos. Juntos conseguimos que este mundo espléndido
y culpable no exista. Sólo somos tú y yo, y nuestro sonido.
Cuando estamos allá arriba, cuando estamos en el escenario y la
gente nos mira, no pensamos ni en gustarles ni en sentirnos mejor que
ellos. Pensamos en los dos. Así somos.
Lo más extraño es
que en ese momento, cuando nos fundimos madera y corazón, sonido y
sentimiento, noto como una persona del público, una mujer que nos
está viendo, tiene celos de mí. Le gustaría que fuese ella quien
estuviese en tus brazos. Le gustaría que fuese ella quien se dejara
llevar por ti y disfrutar de tus manos, de tu cuerpo, de tu
respiración.
Yo siempre fui un
trozo de madera y ella una mujer. Y a mí me gustaría poder ser ella
y ella ser madera para ti. Somos las protagonistas de esta paradoja,
otra más entre tantas.
Aunque aún es más
paradójico, que a pesar de que pretendas cambiarme, te siga
queriendo. Porque soy consciente de que mi vida solo tiene sentido si
estoy contigo. Porque en el momento que me abandones, volveré a ser
un simple violonchelo. Yo ya no seré más tú mujer, ni el sueño de
tus ambiciones, ni tu felicidad. Seré un recuerdo que sobrepasará
las cuerdas rotas, el polvo y la muerte. Pero de algún modo, aunque
no me toques, no me muevas, no me hagas sonar; permaneceré viviendo
en tu memoria. Eso lo sé.
Pero, ¿y aquella
mujer? La mujer que nos miraba cuando eramos uno y demostrábamos con
arco en la mano lo que eramos capaces, ¿qué pasará con ella?
¿Tendrá celos de la próxima madera que venga? ¿La olvidarás? ¿Te
olvidará? Creo que ella también
necesita que la abraces.
Estimados alumnos y
alumnas, mañana debatiremos sobre el nuevo diccionario biográfico
de la Real Academia de la Historia. Los términos que tenéis que
investigar son “Dictadura” y “Héroes del silencio”. El
primero hace referencia a la descripción que se hace de Francisco
Franco porque ofrece una lectura revisionista del régimen
franquista. El segundo termina por defenestrar la maltrecha política
de memoria histórica al querer llamar así a las víctimas de la
guerra civil enterradas en fosas comunes. ¿Alguna pregunta?
Un
día después de la muerte de mi abuela decidí que quería estudiar
Historia. Yo no recuerdo el momento en sí, pero mi padre me lo ha
contado muchas veces.
“Este es el
monumento a los combatientes de la guerra civil.”, le pregunto.
“¿Qué te parece, Adela?” Y va y ella me suelta.
“¡Insuficiente!”. ¡Yo me quedé con los ojos como platos y no
sabía si besarla o echarme a llorar!
Siempre
lo contaba de la misma forma y en cualquier momento, estuviese en el
estanco comprando tabaco o brindando en el discurso de boda de unos
familiares. Y no es el único, porque la vida de una niña da para
mucho y aún se dieron otras situaciones de las que estuvo orgulloso,
a pesar de que al contarlas no se preocupara en dar todos los
detalles. El hecho es que esos recuerdos que el resguarda
con ahínco en su memoria siguieron una estela fija, un modelo, que
creó a medida que yo crecía.
Al
cabo de los años, el día que le dije que quería estudiar
interpretación, me confesó que en la mañana del entierro yo me
estaba refiriendo a las flores que había en las tumbas. Entonces fui
yo la que se quedó con los ojos como platos, sin saber si besarle o
echarme a llorar. ¿Qué iba a hacer si a él le encantaba esa
anécdota? ¿Qué podía hacer si él tenía una visión de mi que no
era mía?
Despreocuparme, pensé. Si ya somos nuestros verdugos, no construyamos las guillotinas. Es un trabajo que exige demasiado esfuerzo innecesario, y "lo innecesario es pecado". Después, nos hicimos una foto. Para que no se antojasen nuestros egos.
Descuida, no volveré a tomarte. Me emborrachas con demasiada facilidad. O al menos, no con el estómago vacío. Pero tampoco lo haré mientras estés acompañado. No soy caprichosa. Tú eres exquisito. Estrechó sus labios con el cristal de la copa y quiso sumergir sus ojos en la tinta. ¿Me ves? Le preguntó. ¿Sientes mis escalofríos? Ella fantaseó con juguetear con su sabor, su textura, su aroma y su cuerpo, pero, como el vino, ya era añejo.
Un terrón de azúcar se desvanece en un café con leche que se está tomando una mujer con labios rojos y lágrimas corriendo por su rostro a pesar de que quisiera encerrarlas con las gafas oscuras que lleva puestas para protegerse también del sol que penetra en el patio interior de esa cafetería atravesando las ropas que han tendido varias personas que viven en esos bloques esta mañana nada más levantarse para que no goteasen. Pero sí, gotean.
Esas personas se desquician, tiñen la ropa y deciden volver a la cama para seguir durmiendo. El sol se recoge de las ropas que acartonan su destello. La mujer se bebe sus lágrimas, se deshilvana los labios y descubre sus ojos. El café con leche se convierte en bourbon. El terrón de azúcar levita y huye de la escena del crimen. Yo le persigo y me lo meto en la boca. No te escapes. Eres mi pequeño placer. Él me responde que no es de nadie, que puede ser lo que quiera y que quiere ser una nube. Entonces le crecen alas y se escapa de entre mis dientes. Se vuelve a juntar y asciende, asciende, hasta que le pierdo de vista...
Agacho la cabeza y me quedo mirando al suelo y a mis pies cubiertos de fango. Cuanto más imagino lo que quiero hacer, menos hago y más imagino.
so, baby, lets push our limits......................................
Las manecillas de mi reloj están marcando exactamente en este
momento las once y media de la noche. Bueno, las manecillas no me
confiesan si es de día o de noche, pero todavía conservo la
orientación para determinarlo por mi misma. Si hace sol, es de día.
Si no está el Sol, es de noche. Es así. Siempre va a ser así. O
hasta que explotemos. Es la rotación del colosal cuerpo celeste que domina la vía lactea en la que habitamos. Yo soy un
insecto, una partícula caduca que morirá en un determinado período
tiempo infinitamente menor a la distancia que recorre la luz de la
que están conformados y que emanan, atravesando la estratosfera que
nos envuelve. Y eso, si aún pueden hacerlo. Porque nosotros,
insectos, partículas caducas, somos de una naturaleza inverosímil.
Cientos de millones y de billones de astros infinitamente más
complejos que nuestra materialidad en la que nos regodeamos, disputan
encima de nuestras cabezas y reflejan la imperceptibilidad del ser
humano que busca incansablemente su reflejo. Actúan como puntos en
nuestros signos de interrogación: los interrogantes de nuestra
existencia. Las estrellas son flores cósmicas. Su luz es la estela
de polen armada y su destello la obra a telón cerrado de la
polinización. Nosotras, abejas sin aguijón. Borrachas, sedientas,
enajenadas, envenenadas, sonámbulas; cadáveres invertebrados. Pero
eso sí: unas, obreras. No pobres, sino empobrecidas. Otras,
ostentosas, acomodadas y de casta. Buena cuna y mejor enjambre.
Como estaba diciendo; es por la noche. Estoy sentada en la parada del
tranvía. Despejo de mi cabeza los pensamientos cósmicos y otras
alteridades con bastante facilidad y me concentro en otras
cuestiones. Me apetece fumar, pero no tengo papel. Tengo frío, pero
no tengo abrigo. Tengo hambre, pero me duele comer. Bien, pienso. Lo
que parecía ser un sábado como otro cualquiera, o al menos, en
principio, anodino y relajado, no lo ha sido al final. Una lástima,
¿eh? Es una completa mierda, me respondo. Hace tiempo que converso
conmigo misma, pero todavía seguimos peleando. Es agotador. No me
comprendo.
No me escucho más. En seguida me hago callar porque me duele
demasiado el estómago. En otras ocasiones, he tenido miedo de que
hubiera podido tener úlceras, pero no es el caso. Me duele comer.
Mejor dicho, me está doliendo haberme comido un bocadillo hace una
hora. La única posibilidad lógica que se me ocurre es que tenga una
intoxicación. Busco un ibuprofeno en mi bolso, aunque soy consciente
de que si me pongo en lo peor, no me aliviará en ningún caso.
Bueno, pienso, tengo batería. Puedo llamar a urgencias. Madre, eres
la primera en mi lista de contactos, pero si deliro no quiero
preocuparte a noventa kilómetros de distancia. Asiento convencida.
Pero, después de estar todo el día sin comer, exceptuando el triste
café que me he preparado nada más levantarme a la... ¿una del
mediodía?; no me he metido nada a la boca. ¿Por qué, entonces, mi
estómago está agonizando? Un escalofrío me recorre el cuerpo y me
sacude desplazando el dolor. No, lo más desagradable es que lo poco
que me mantiene con la suficiente nicotina, el suficiente calor y la
suficiente satisfacción se me está escapando. Ha tomado la forma de
un fantasma, mitad transparencia, mitad alucinación, y se está
escapando por mi boca. Tengo miedo de moverme y quedarme vacía, así
que me quedo quieta.
Sentada, observo que quedan cinco minutos para que llegue el tranvía
y dudo de si entrar o no hacerlo. Los paneles marcan que el siguiente
pasará en veinticinco minutos, pero casi hubiera agradecido que
hubiesen sido más. Sin tabaco, con frío y con dolor, no soy capaz
de levantarme del banco. Sabes que esto iba a pasar, me digo. Es un
duelo que tienes que atravesar y después se relajará. Asiento. Pero
después pienso que me lo tengo merecido. Llevabas demasiado tiempo
acostumbrándote a los vermuts de mediodía, de media tarde y de
media noche que terminaban entre sábanas sonoras; sabías que se iba
a terminar. Vuelvo a asentir.
Yo tengo un poder. Tengo el poder de saber cuando la voy a cagar.
Es... asombroso. Vaticino, predigo o se me escurre una especie de
presentimiento, el cual levita en torno a mi cabeza, como las
estrellas que he estado contemplando mientras caminaba disentida al
lugar donde me encuentro. Es el poder que me susurra que en un
momento a otro todo se va a ir a la mierda. Y este privilegio podría
servir de algo si fuera a utilizarlo a mi favor, pero tampoco es el
caso. Fantasma. Tú eres la única fantasma. Un quiero y no puedo
porque te da miedo. Yo soy el soplón. Mis demonios son el pícaro y
el mono. La vela, mis sueños.
Soñé que corría por unas calles empedradas protegidas por casas de
balcón embuidas en una espiral. Los guijarros eran arañas de ocho
patas que se movían al compás de un madrigal. Y yo corría y corría
en ese laberinto porque estaba siendo perseguida. No podía ver hacia
atrás, ni hacia adelante; solamente al suelo. Las arañas no subían
por mis piernas, pero me hacían tropezar y me paraba, alcanzándome
así mis perseguidores. Y entonces lo veía. Me veía. Veía el
cuadro del Greco tal y como está pintado. El pícaro y el mono se
ríen del soplón mientras extingue sus sueños. En un soplido, se
esfuman.
"Fábula", El Greco
Levanto la cabeza y observo en frente mío abrirse las puertas del
tranvía. No quiero subir. Este gusano de metal no me espera más
destino que el de mi casa, sucia y desordenada como la he dejado al
marcharme, pero también con un aroma que no es mío, pero que me
poseía. Me tomaba suya y me gustaba. Me abrazaba, me contrariaba, me
divertía, disfrutaba y lo quería; y esta tarde ha cruzado el
umbral. Maldito olor. No quiero sentir tu presencia. Tú, que eres
prueba del delito humano.
Así que me quedo mirando contemplativa el torpe cruce de los
pasajeros, compañeros o no de mi espera en la parada. Qué mal
entramos a los tranvías. Incluso por la noche somos polvo de harina
en embudos colapsados. Pero decido levantarme, no sé muy bien con
qué fuerzas, y me dirijo a las puertas, atravesándolas. No es
momento de delirio, sino de lucha. Golpéate tantas veces como
quieras la cabeza contra los muros, tírate piedras a tu tejado, echa
por tierra tus planes, pero al menos, cálzate unos buenos guantes de
boxeo y buenas protecciones para la mandíbula. No seas tonta, que te
quedan por delante muchos combates, aunque las apuestas a tu favor
sean mínimas.
Busco mi reflejo en el espejo, justo debajo del mapa de líneas,
devolviéndome una sonrisa que saboreo como ambrosía. Tranquila, me
digo. Relájate, no pasa nada, todo irá bien. Me suena el móvil, un
truquido que no esperaba. Leo, asiento y escribo sin dejar de
sonreír. Ahora visualizo una casa que no es la mía y en la que no
está ese olor al final del trayecto. También veo vino, dos botellas
en concreto. Cómpralas tú por si acaso, me digo.
Lo que ocurrió después fue otra fábula, pero sin sueño. No hubo
arañas que me hacían tropezar, ni pícaros ni monos que se reían
de mi. Ahora estaba bailando en los márgenes del laberinto. Me reía de
mi sombra, todavía encadenada a esa cárcel. ¡No eres mi cuerpo! Yo
estoy aquí bailando. ¡No eres mi cuerpo! Yo estoy aquí bailando.
Fue un descanso. Un quiero, puedo y me debo el ser feliz. Fue un tango
compartido a seis brazos, dos camas y cuatro horas de sueño. Mañana
será mañana. Pero el mañana también puede ser fortuna. Y la
fortuna ayuda a los audaces.
¡Que toquen la campana! Yo ya estoy en mi esquina y no pienso tirar
la toalla. Aunque el combate esté amañado. Aunque tenga los ojos
morados de llorar.
Me desperté desorientada en una habitación que no era la mía.
Después me acordé que había ido a visitar a una amiga y que tan
sólo estaba en el hostal. ¿Cómo había llegado allí? De eso no me
acuerdo. Recuerdo sobre todo el sonido, el infernal sonido de los
tambores. ¿Qué maldita hora era? Me levanté para asomarme a la
ventana y descubrí al corrillo que se cernía bajo mi cabeza. No sé
por qué lo hice, pero el hecho es que me puse a silbar.
Inmediatamente, una multitud de miradas trataban de perforarme los
ojos, encadenados como aún estaban por las legañas, mientras que
otra multitud de bocas me chistaba. Después, empezó el rompimiento
de hora y duró más o menos quince minutos. Contemplé todo el acto
aburrida, pero desenredándome de la resaca. Cuando terminaron grité
“¡Perro ladrador, poco mordedor!”. Después, cerré la ventana.
"No miremos, pues, nunca atrás, miremos siempre hacia adelante, porque adelante está nuestro sol y nuestra salvación; y si es permitido, si es útil y necesario volver nuestra vista al estudio de nuestro pasado, no es más que para comprobar lo que hemos sido y lo que no debemos ser más, lo que hemos creído y pensado, y lo que no debemos creer ni pensar más, lo que hemos hecho y lo que no debemos volver a hacer."
Dios y el Estado, Mijail Bakunin
y leyendo en voz alta esa cita
se aferraba
con la boca entreabierta,
mitad sonrisa,
mitad lengua libidinosa,
queriendo mentirse
donde nace la locura.
Hoy me he dedicado a recordar y leer viejos relatos que tenía escritos. No lo había hecho antes porque estaban almacenados en un disco externo y hasta estas vacaciones, no había tenido posibilidad de encontrarlo.
Sea como sea, lo he hecho, y mis sensaciones han sido muchas y muy variadas. Otras se han transformado, de hecho, y han mutado y creado otras historias. Otras, suscitadas por algunas palabras con las que ya no empatizo, al menos no demasiado, han sido condenadas al ostracismo. Qué vamos a hacer. Algo así ha ocurrido con todos mis blogs. Suele pasar. Pero bueno, también podría haberlas eliminado y aún siguen almacenadas. Quiero decir, que tampoco me arrepiento de haberlo hecho, tan sólo que, me son ya ajenas.
Creo que es bueno. Lo pienso, no lo negaré. Ni tampoco que he cambiado. Ni a mal, ni a bien. Tan sólo lo he hecho. Por cierto, es una de las frases a las que tengo más cariño de Mad men. Una serie que siempre definiré para recomendarla de silencios y de miradas. Quizás parezca aburrida, por eso mismo, pero a mi personalmente, exactamente eso, es lo que me ha ofrecido -como ninguna otra con esas características- y lo que me atrapó de ella.
Pero cambio. Cambio. Cambiamos todas. Y el cambio no es malo, ni bueno. Simplemente es.
Hace unos días tuve una conversación con mi madre y mi hermana sobre la comunicación, la comunicación en sí, entendida y malinterpretada, que desarrollamos para otras personas, para el exterior. El tema en sí podría resultar aburrido, pero cuando pensaba en ello se me generó una preocupación, me constató una preocupación, mejor dicho, que a su vez se estaba haciendo más y más intensa en mi cabeza, una resaca de palabras, por así decirlo, que, sin que parezca que reclamo originalidad; habrá debido de tener cualquier persona, alterego, personaje, carácter o personalidad.
¿Cómo pensar? ¿Cómo pensamos para nosotros y nosotras mismas? ¿Cómo se organizan las frases? ¿Sentimos, interiorizamos emociones o estructuras coherentes, de aquellas que seríamos capaces de analizar sintácticamente?
Por supuesto, es una pregunta lanzada al vacío, porque no sé si será leída alguna vez o alguien quiera devolvérmela, pero, precisamente por el encabezamiento, quería dejarla impresa. Si alguna persona leyera esto y quisiera darme su opinión, la aceptaría gustosamente, pero soy consciente de que este blog, que ya he abandonado durante bastante tiempo, sigue siendo una parte bastante personal e íntima de mi vida. Así que, digamos, que es un pequeño placer que me concedo. Y por qué no, quizás me anime a continuar extrayendo estos pensamientos confusos, que espero que con el tiempo se vuelvan... más nítidos.
Escuchaba The Stranglers cuando he abierto el nuevo documento.