Un
día después de la muerte de mi abuela decidí que quería estudiar
Historia. Yo no recuerdo el momento en sí, pero mi padre me lo ha
contado muchas veces.
- “Este es el monumento a los combatientes de la guerra civil.”, le pregunto. “¿Qué te parece, Adela?” Y va y ella me suelta. “¡Insuficiente!”. ¡Yo me quedé con los ojos como platos y no sabía si besarla o echarme a llorar!
Siempre
lo contaba de la misma forma y en cualquier momento, estuviese en el
estanco comprando tabaco o brindando en el discurso de boda de unos
familiares. Y no es el único, porque la vida de una niña da para
mucho y aún se dieron otras situaciones de las que estuvo orgulloso,
a pesar de que al contarlas no se preocupara en dar todos los
detalles. El hecho es que esos recuerdos que el resguarda
con ahínco en su memoria siguieron una estela fija, un modelo, que
creó a medida que yo crecía.
Al
cabo de los años, el día que le dije que quería estudiar
interpretación, me confesó que en la mañana del entierro yo me
estaba refiriendo a las flores que había en las tumbas. Entonces fui
yo la que se quedó con los ojos como platos, sin saber si besarle o
echarme a llorar. ¿Qué iba a hacer si a él le encantaba esa
anécdota? ¿Qué podía hacer si él tenía una visión de mi que no
era mía?
Despreocuparme, pensé. Si ya somos nuestros verdugos, no construyamos las guillotinas. Es un trabajo que exige demasiado esfuerzo innecesario, y "lo innecesario es pecado". Después, nos hicimos una foto. Para que no se antojasen nuestros egos.
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