Me desperté desorientada en una habitación que no era la mía.
Después me acordé que había ido a visitar a una amiga y que tan
sólo estaba en el hostal. ¿Cómo había llegado allí? De eso no me
acuerdo. Recuerdo sobre todo el sonido, el infernal sonido de los
tambores. ¿Qué maldita hora era? Me levanté para asomarme a la
ventana y descubrí al corrillo que se cernía bajo mi cabeza. No sé
por qué lo hice, pero el hecho es que me puse a silbar.
Inmediatamente, una multitud de miradas trataban de perforarme los
ojos, encadenados como aún estaban por las legañas, mientras que
otra multitud de bocas me chistaba. Después, empezó el rompimiento
de hora y duró más o menos quince minutos. Contemplé todo el acto
aburrida, pero desenredándome de la resaca. Cuando terminaron grité
“¡Perro ladrador, poco mordedor!”. Después, cerré la ventana.
Tema: Semana Santa
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