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martes, 13 de mayo de 2014

Anécdota

Un día después de la muerte de mi abuela decidí que quería estudiar Historia. Yo no recuerdo el momento en sí, pero mi padre me lo ha contado muchas veces.
  • “Este es el monumento a los combatientes de la guerra civil.”, le pregunto. “¿Qué te parece, Adela?” Y va y ella me suelta. “¡Insuficiente!”. ¡Yo me quedé con los ojos como platos y no sabía si besarla o echarme a llorar!
Siempre lo contaba de la misma forma y en cualquier momento, estuviese en el estanco comprando tabaco o brindando en el discurso de boda de unos familiares. Y no es el único, porque la vida de una niña da para mucho y aún se dieron otras situaciones de las que estuvo orgulloso, a pesar de que al contarlas no se preocupara en dar todos los detalles. El hecho es que esos recuerdos que el resguarda con ahínco en su memoria siguieron una estela fija, un modelo, que creó a medida que yo crecía.

Al cabo de los años, el día que le dije que quería estudiar interpretación, me confesó que en la mañana del entierro yo me estaba refiriendo a las flores que había en las tumbas. Entonces fui yo la que se quedó con los ojos como platos, sin saber si besarle o echarme a llorar. ¿Qué iba a hacer si a él le encantaba esa anécdota? ¿Qué podía hacer si él tenía una visión de mi que no era mía? 

Despreocuparme, pensé. Si ya somos nuestros verdugos, no construyamos las guillotinas. Es un trabajo que exige demasiado esfuerzo innecesario, y "lo innecesario es pecado". Después, nos hicimos una foto. Para que no se antojasen nuestros egos. 

miércoles, 7 de mayo de 2014

Destreza

Descuida, no volveré a tomarte. Me emborrachas con demasiada facilidad. O al menos, no con el estómago vacío. Pero tampoco lo haré mientras estés acompañado. No soy caprichosa. Tú eres exquisito. 
Estrechó sus labios con el cristal de la copa y quiso sumergir sus ojos en la tinta. ¿Me ves? Le preguntó. ¿Sientes mis escalofríos? 
Ella fantaseó con juguetear con su sabor, su textura, su aroma y su cuerpo, pero, como el vino, ya era añejo.  

martes, 6 de mayo de 2014

Límites

Un terrón de azúcar se desvanece en un café con leche que se está tomando una mujer con labios rojos y lágrimas corriendo por su rostro a pesar de que quisiera encerrarlas con las gafas oscuras que lleva puestas para protegerse también del sol que penetra en el patio interior de esa cafetería atravesando las ropas que han tendido varias personas que viven en esos bloques esta mañana nada más levantarse para que no goteasen. Pero sí, gotean. 

Esas personas se desquician, tiñen la ropa y deciden volver a la cama para seguir durmiendo. El sol se recoge de las ropas que acartonan su destello. La mujer se bebe sus lágrimas, se deshilvana los labios y descubre sus ojos. El café con leche se convierte en bourbon. El terrón de azúcar levita y huye de la escena del crimen. Yo le persigo y me lo meto en la boca. No te escapes. Eres mi pequeño placer. Él me responde que no es de nadie, que puede ser lo que quiera y que quiere ser una nube. Entonces le crecen alas y se escapa de entre mis dientes. Se vuelve a juntar y asciende, asciende, hasta que le pierdo de vista...

Agacho la cabeza y me quedo mirando al suelo y a mis pies cubiertos de fango. Cuanto más imagino lo que quiero hacer, menos hago y más imagino.





so, baby, lets push our limits......................................
.........................................................................tonight.

jueves, 1 de mayo de 2014

Contaminación sonora


Me desperté desorientada en una habitación que no era la mía. Después me acordé que había ido a visitar a una amiga y que tan sólo estaba en el hostal. ¿Cómo había llegado allí? De eso no me acuerdo. Recuerdo sobre todo el sonido, el infernal sonido de los tambores. ¿Qué maldita hora era? Me levanté para asomarme a la ventana y descubrí al corrillo que se cernía bajo mi cabeza. No sé por qué lo hice, pero el hecho es que me puse a silbar. Inmediatamente, una multitud de miradas trataban de perforarme los ojos, encadenados como aún estaban por las legañas, mientras que otra multitud de bocas me chistaba. Después, empezó el rompimiento de hora y duró más o menos quince minutos. Contemplé todo el acto aburrida, pero desenredándome de la resaca. Cuando terminaron grité “¡Perro ladrador, poco mordedor!”. Después, cerré la ventana.  


Tema: Semana Santa