Veo atardecer desde mi ventana. El cielo mantiene todavía su color azul, pero desde hace un par de días también se tiñe de morado. Yo le digo a mi padre, cuando estamos en la cocina, que se acerque a verlo. Mira, papá. Otra vez el cielo está rosa. Y él lo mira contemplativo, pero indiferente. A mi me da igual su expresión. Se lo volveré a decir todas las noches que estemos juntos cenando en la cocina. Y todas esas veces le insistiré para que se asome a verlo. Porque da igual que el cielo esté azul, morado y rosa, pero mi padre no me da igual y él no está bien. Hace algún tiempo sufrí mucho. A veces se me hace lejano y otras cercano, pero la constatación existe. Fue así una vez. Sufrí por alguien en concreto y nadie me causó daño. Sufrí por algo en concreto y nada en especial. Puede que fuera sobre todo y sobre nada. Puede que sea mi herencia genética o puede que fuese, simplemente, la vida. Que ocurre. Que si vivimos nos rompemos porque es nuestro precio por nacer. Y durante todo ese tiempo deconstruido en el que estuve sumergida, que no inundada, porque decidí tomar el timón de mis actos, hubo placer y decepción y cariño y recuerdos y magia, de adivinación. De esa que no predice, pero con la que se juega sobre qué podría ser. Sobre cómo una podría ser feliz o qué le impide ser feliz. Fui alguien en algún momento, pero que ahora no recuerdo, aunque por ello no deje de ser. Átomos en esencia; neutrones orbitando alrededor de un núcleo. Pero ocurre que las distancias mutan. Y eso se ve en un microscopio o en un depósito de gasolina después de haber quemado 180 kilómetros de un día a otro. Que las carreteras son unas y la fatiga de las personas es otra.
Nancy Sinatra
Ahora soy una bala. Las balas tienen un objetivo, certero o no, de dirigirse hacia algo. Tienen una trayectoria, aunque la mía no es fija y siempre rebota en los cristales de las botellas del otro lado del bar. Sobre todo en los vinos, a los que últimamente he cogido mucha fijación. Reboto en ellos como saltando las líneas de un pentagrama, haciendo música, y canto y bailo y me balanceo porque no soy mortífera. Todavía. Pero lo puedo ser. Pese a todo. Soy una bala apátrida. Que no tiene ni dios, ni amo, y que no la sujeta nada más que ella misma y la plata con la que está hecha para perforar los corazones de los lobos que se esconden en los bosques, de los cobardes, de los que se ocultan en las sombras. Los otros lobos, los que emergen de la oscuridad, me engullen pese a mi coraza. Y, pese a que sea doloroso, disfruto también. Porque se trata de morir un poco para sentir que se está viva. Entonces dejo de ser una bala, para ser carroña, para ser también loba. Porque aquella que tuvo los ojos abiertos una vez, no podrá volver a cerrarlos. Y aquella que aprendió a aullar, tampoco podrá volver a ser esa niña a la que abrigaron con una caperuza roja. Y aún con todo me dirán exitencialista. Y yo diré; me corro con el existencialismo. Es cierto eso de que la letra con sangre entra, pero me temo que este no es el lugar ni el momento más apropiado para ello. Porque la verdad no hace ruido.
Descuida, no volveré a tomarte. Me emborrachas con demasiada facilidad. O al menos, no con el estómago vacío. Pero tampoco lo haré mientras estés acompañado. No soy caprichosa. Tú eres exquisito. Estrechó sus labios con el cristal de la copa y quiso sumergir sus ojos en la tinta. ¿Me ves? Le preguntó. ¿Sientes mis escalofríos? Ella fantaseó con juguetear con su sabor, su textura, su aroma y su cuerpo, pero, como el vino, ya era añejo.
Las manecillas de mi reloj están marcando exactamente en este
momento las once y media de la noche. Bueno, las manecillas no me
confiesan si es de día o de noche, pero todavía conservo la
orientación para determinarlo por mi misma. Si hace sol, es de día.
Si no está el Sol, es de noche. Es así. Siempre va a ser así. O
hasta que explotemos. Es la rotación del colosal cuerpo celeste que domina la vía lactea en la que habitamos. Yo soy un
insecto, una partícula caduca que morirá en un determinado período
tiempo infinitamente menor a la distancia que recorre la luz de la
que están conformados y que emanan, atravesando la estratosfera que
nos envuelve. Y eso, si aún pueden hacerlo. Porque nosotros,
insectos, partículas caducas, somos de una naturaleza inverosímil.
Cientos de millones y de billones de astros infinitamente más
complejos que nuestra materialidad en la que nos regodeamos, disputan
encima de nuestras cabezas y reflejan la imperceptibilidad del ser
humano que busca incansablemente su reflejo. Actúan como puntos en
nuestros signos de interrogación: los interrogantes de nuestra
existencia. Las estrellas son flores cósmicas. Su luz es la estela
de polen armada y su destello la obra a telón cerrado de la
polinización. Nosotras, abejas sin aguijón. Borrachas, sedientas,
enajenadas, envenenadas, sonámbulas; cadáveres invertebrados. Pero
eso sí: unas, obreras. No pobres, sino empobrecidas. Otras,
ostentosas, acomodadas y de casta. Buena cuna y mejor enjambre.
Como estaba diciendo; es por la noche. Estoy sentada en la parada del
tranvía. Despejo de mi cabeza los pensamientos cósmicos y otras
alteridades con bastante facilidad y me concentro en otras
cuestiones. Me apetece fumar, pero no tengo papel. Tengo frío, pero
no tengo abrigo. Tengo hambre, pero me duele comer. Bien, pienso. Lo
que parecía ser un sábado como otro cualquiera, o al menos, en
principio, anodino y relajado, no lo ha sido al final. Una lástima,
¿eh? Es una completa mierda, me respondo. Hace tiempo que converso
conmigo misma, pero todavía seguimos peleando. Es agotador. No me
comprendo.
No me escucho más. En seguida me hago callar porque me duele
demasiado el estómago. En otras ocasiones, he tenido miedo de que
hubiera podido tener úlceras, pero no es el caso. Me duele comer.
Mejor dicho, me está doliendo haberme comido un bocadillo hace una
hora. La única posibilidad lógica que se me ocurre es que tenga una
intoxicación. Busco un ibuprofeno en mi bolso, aunque soy consciente
de que si me pongo en lo peor, no me aliviará en ningún caso.
Bueno, pienso, tengo batería. Puedo llamar a urgencias. Madre, eres
la primera en mi lista de contactos, pero si deliro no quiero
preocuparte a noventa kilómetros de distancia. Asiento convencida.
Pero, después de estar todo el día sin comer, exceptuando el triste
café que me he preparado nada más levantarme a la... ¿una del
mediodía?; no me he metido nada a la boca. ¿Por qué, entonces, mi
estómago está agonizando? Un escalofrío me recorre el cuerpo y me
sacude desplazando el dolor. No, lo más desagradable es que lo poco
que me mantiene con la suficiente nicotina, el suficiente calor y la
suficiente satisfacción se me está escapando. Ha tomado la forma de
un fantasma, mitad transparencia, mitad alucinación, y se está
escapando por mi boca. Tengo miedo de moverme y quedarme vacía, así
que me quedo quieta.
Sentada, observo que quedan cinco minutos para que llegue el tranvía
y dudo de si entrar o no hacerlo. Los paneles marcan que el siguiente
pasará en veinticinco minutos, pero casi hubiera agradecido que
hubiesen sido más. Sin tabaco, con frío y con dolor, no soy capaz
de levantarme del banco. Sabes que esto iba a pasar, me digo. Es un
duelo que tienes que atravesar y después se relajará. Asiento. Pero
después pienso que me lo tengo merecido. Llevabas demasiado tiempo
acostumbrándote a los vermuts de mediodía, de media tarde y de
media noche que terminaban entre sábanas sonoras; sabías que se iba
a terminar. Vuelvo a asentir.
Yo tengo un poder. Tengo el poder de saber cuando la voy a cagar.
Es... asombroso. Vaticino, predigo o se me escurre una especie de
presentimiento, el cual levita en torno a mi cabeza, como las
estrellas que he estado contemplando mientras caminaba disentida al
lugar donde me encuentro. Es el poder que me susurra que en un
momento a otro todo se va a ir a la mierda. Y este privilegio podría
servir de algo si fuera a utilizarlo a mi favor, pero tampoco es el
caso. Fantasma. Tú eres la única fantasma. Un quiero y no puedo
porque te da miedo. Yo soy el soplón. Mis demonios son el pícaro y
el mono. La vela, mis sueños.
Soñé que corría por unas calles empedradas protegidas por casas de
balcón embuidas en una espiral. Los guijarros eran arañas de ocho
patas que se movían al compás de un madrigal. Y yo corría y corría
en ese laberinto porque estaba siendo perseguida. No podía ver hacia
atrás, ni hacia adelante; solamente al suelo. Las arañas no subían
por mis piernas, pero me hacían tropezar y me paraba, alcanzándome
así mis perseguidores. Y entonces lo veía. Me veía. Veía el
cuadro del Greco tal y como está pintado. El pícaro y el mono se
ríen del soplón mientras extingue sus sueños. En un soplido, se
esfuman.
"Fábula", El Greco
Levanto la cabeza y observo en frente mío abrirse las puertas del
tranvía. No quiero subir. Este gusano de metal no me espera más
destino que el de mi casa, sucia y desordenada como la he dejado al
marcharme, pero también con un aroma que no es mío, pero que me
poseía. Me tomaba suya y me gustaba. Me abrazaba, me contrariaba, me
divertía, disfrutaba y lo quería; y esta tarde ha cruzado el
umbral. Maldito olor. No quiero sentir tu presencia. Tú, que eres
prueba del delito humano.
Así que me quedo mirando contemplativa el torpe cruce de los
pasajeros, compañeros o no de mi espera en la parada. Qué mal
entramos a los tranvías. Incluso por la noche somos polvo de harina
en embudos colapsados. Pero decido levantarme, no sé muy bien con
qué fuerzas, y me dirijo a las puertas, atravesándolas. No es
momento de delirio, sino de lucha. Golpéate tantas veces como
quieras la cabeza contra los muros, tírate piedras a tu tejado, echa
por tierra tus planes, pero al menos, cálzate unos buenos guantes de
boxeo y buenas protecciones para la mandíbula. No seas tonta, que te
quedan por delante muchos combates, aunque las apuestas a tu favor
sean mínimas.
Busco mi reflejo en el espejo, justo debajo del mapa de líneas,
devolviéndome una sonrisa que saboreo como ambrosía. Tranquila, me
digo. Relájate, no pasa nada, todo irá bien. Me suena el móvil, un
truquido que no esperaba. Leo, asiento y escribo sin dejar de
sonreír. Ahora visualizo una casa que no es la mía y en la que no
está ese olor al final del trayecto. También veo vino, dos botellas
en concreto. Cómpralas tú por si acaso, me digo.
Lo que ocurrió después fue otra fábula, pero sin sueño. No hubo
arañas que me hacían tropezar, ni pícaros ni monos que se reían
de mi. Ahora estaba bailando en los márgenes del laberinto. Me reía de
mi sombra, todavía encadenada a esa cárcel. ¡No eres mi cuerpo! Yo
estoy aquí bailando. ¡No eres mi cuerpo! Yo estoy aquí bailando.
Fue un descanso. Un quiero, puedo y me debo el ser feliz. Fue un tango
compartido a seis brazos, dos camas y cuatro horas de sueño. Mañana
será mañana. Pero el mañana también puede ser fortuna. Y la
fortuna ayuda a los audaces.
¡Que toquen la campana! Yo ya estoy en mi esquina y no pienso tirar
la toalla. Aunque el combate esté amañado. Aunque tenga los ojos
morados de llorar.