jueves, 19 de junio de 2014

Mutación


Veo atardecer desde mi ventana. El cielo mantiene todavía su color azul, pero desde hace un par de días también se tiñe de morado. Yo le digo a mi padre, cuando estamos en la cocina, que se acerque a verlo. Mira, papá. Otra vez el cielo está rosa. Y él lo mira contemplativo, pero indiferente. A mi me da igual su expresión. Se lo volveré a decir todas las noches que estemos juntos cenando en la cocina. Y todas esas veces le insistiré para que se asome a verlo. Porque da igual que el cielo esté azul, morado y rosa, pero mi padre no me da igual y él no está bien.

Hace algún tiempo sufrí mucho. A veces se me hace lejano y otras cercano, pero la constatación existe. Fue así una vez. Sufrí por alguien en concreto y nadie me causó daño. Sufrí por algo en concreto y nada en especial. Puede que fuera sobre todo y sobre nada. Puede que sea mi herencia genética o puede que fuese, simplemente, la vida. Que ocurre. Que si vivimos nos rompemos porque es nuestro precio por nacer. 

Y durante todo ese tiempo deconstruido en el que estuve sumergida, que no inundada, porque decidí tomar el timón de mis actos, hubo placer y decepción y cariño y recuerdos y magia, de adivinación. De esa que no predice, pero con la que se juega sobre qué podría ser. Sobre cómo una podría ser feliz o qué le impide ser feliz. 

Fui alguien en algún momento, pero que ahora no recuerdo, aunque por ello no deje de ser. Átomos en esencia; neutrones orbitando alrededor de un núcleo. Pero ocurre que las distancias mutan. Y eso se ve en un microscopio o en un depósito de gasolina después de haber quemado 180 kilómetros de un día a otro. Que las carreteras son unas y la fatiga de las personas es otra. 



Nancy Sinatra



Ahora soy una bala. 

Las balas tienen un objetivo, certero o no, de dirigirse hacia algo. Tienen una trayectoria, aunque la mía no es fija y siempre rebota en los cristales de las botellas del otro lado del bar. Sobre todo en los vinos, a los que últimamente he cogido mucha fijación. Reboto en ellos como saltando las líneas de un pentagrama, haciendo música, y canto y bailo y me balanceo porque no soy mortífera. Todavía.

Pero lo puedo ser. Pese a todo. Soy una bala apátrida. Que no tiene ni dios, ni amo, y que no la sujeta nada más que ella misma y la plata con la que está hecha para perforar los corazones de los lobos que se esconden en los bosques, de los cobardes, de los que se ocultan en las sombras. Los otros lobos, los que emergen de la oscuridad, me engullen pese a mi coraza. Y, pese a que sea doloroso, disfruto también. Porque se trata de morir un poco para sentir que se está viva. 

Entonces dejo de ser una bala, para ser carroña, para ser también loba. Porque aquella que tuvo los ojos abiertos una vez, no podrá volver a cerrarlos. Y aquella que aprendió a aullar, tampoco podrá volver a ser esa niña a la que abrigaron con una caperuza roja. 

Y aún con todo me dirán exitencialista. Y yo diré; me corro con el existencialismo. 


Es cierto eso de que la letra con sangre entra, pero me temo que este no es el lugar ni el momento más apropiado para ello. Porque la verdad no hace ruido. 





The White Stripes -  Truth doesn´t make a noise

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