sábado, 7 de junio de 2014

Declaración


Cuando me tocas, me siento mujer. Sin ti no tengo ni la forma, ni el aspecto, ni el olor, pero cuando me tocas me siento realmente una mujer.

Tú me mueves con un simple balanceo y yo me dejo llevar. Para no interrumpirte, para no destrozar tu perfecto cálculo, cada de una de tus respiraciones.

Yo te siento. Yo te siento encima de mí, abrazándome, ni muy suave ni muy fuerte, la manera precisa que yo esté bien agarrada y me puedas manejar.

Tú me haces sonar. Porque es imposible que sin ti yo lo haga. Un sonido tan potente y ceremonioso que todo lo demás parece disolverse para impedir que su pureza se pierda.

Yo cambio. Yo cambio cuando tú lo haces, cuando tú me mueves, cuando tú me tocas y cambias, yo también cambio. Lo hago contigo. Lo hago necesariamente contigo. Porque sin ti no lo haría.

Yo no soy más que un trozo de madera que no tiene forma, ni aspecto, ni olor de mujer, pero cuando tú me tienes es distinto. Yo me comporto como si lo fuera, la mujer de tu vida, la que te hace soñar con grandes ambiciones. Porque sé que eres ambicioso y me encanta.

Yo me comporto como la mujer que te permite ser el hombre más feliz del mundo. Cuando me tocas, yo noto como tú te vuelcas en mí, que yo soy tu todo y tú lo eres todo para mí.

Cuando no lo haces, me duele. No es que te quiera solamente para mi, no es eso. No podría hacerte eso. Simplemente, porque no podría estar sin ti. Me entristezco porque parece que no quieres que te conozcan, que no quieres que las personas que te rodean te vean como te veo yo, como te veo cuando estamos juntos.

Porque juntos conseguimos elevarnos. Juntos conseguimos que este mundo espléndido y culpable no exista. Sólo somos tú y yo, y nuestro sonido. Cuando estamos allá arriba, cuando estamos en el escenario y la gente nos mira, no pensamos ni en gustarles ni en sentirnos mejor que ellos. Pensamos en los dos. Así somos.

Lo más extraño es que en ese momento, cuando nos fundimos madera y corazón, sonido y sentimiento, noto como una persona del público, una mujer que nos está viendo, tiene celos de mí. Le gustaría que fuese ella quien estuviese en tus brazos. Le gustaría que fuese ella quien se dejara llevar por ti y disfrutar de tus manos, de tu cuerpo, de tu respiración.

Yo siempre fui un trozo de madera y ella una mujer. Y a mí me gustaría poder ser ella y ella ser madera para ti. Somos las protagonistas de esta paradoja, otra más entre tantas.

Aunque aún es más paradójico, que a pesar de que pretendas cambiarme, te siga queriendo. Porque soy consciente de que mi vida solo tiene sentido si estoy contigo. Porque en el momento que me abandones, volveré a ser un simple violonchelo. Yo ya no seré más tú mujer, ni el sueño de tus ambiciones, ni tu felicidad. Seré un recuerdo que sobrepasará las cuerdas rotas, el polvo y la muerte. Pero de algún modo, aunque no me toques, no me muevas, no me hagas sonar; permaneceré viviendo en tu memoria. Eso lo sé.

Pero, ¿y aquella mujer? La mujer que nos miraba cuando eramos uno y demostrábamos con arco en la mano lo que eramos capaces, ¿qué pasará con ella? ¿Tendrá celos de la próxima madera que venga? ¿La olvidarás? ¿Te olvidará? Creo que ella también necesita que la abraces. 

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