domingo, 4 de mayo de 2014

Fábula

 Las manecillas de mi reloj están marcando exactamente en este momento las once y media de la noche. Bueno, las manecillas no me confiesan si es de día o de noche, pero todavía conservo la orientación para determinarlo por mi misma. Si hace sol, es de día. Si no está el Sol, es de noche. Es así. Siempre va a ser así. O hasta que explotemos. Es la rotación del colosal cuerpo celeste que domina la vía lactea en la que habitamos. Yo soy un insecto, una partícula caduca que morirá en un determinado período tiempo infinitamente menor a la distancia que recorre la luz de la que están conformados y que emanan, atravesando la estratosfera que nos envuelve. Y eso, si aún pueden hacerlo. Porque nosotros, insectos, partículas caducas, somos de una naturaleza inverosímil.
Cientos de millones y de billones de astros infinitamente más complejos que nuestra materialidad en la que nos regodeamos, disputan encima de nuestras cabezas y reflejan la imperceptibilidad del ser humano que busca incansablemente su reflejo. Actúan como puntos en nuestros signos de interrogación: los interrogantes de nuestra existencia. Las estrellas son flores cósmicas. Su luz es la estela de polen armada y su destello la obra a telón cerrado de la polinización. Nosotras, abejas sin aguijón. Borrachas, sedientas, enajenadas, envenenadas, sonámbulas; cadáveres invertebrados. Pero eso sí: unas, obreras. No pobres, sino empobrecidas. Otras, ostentosas, acomodadas y de casta. Buena cuna y mejor enjambre.
Como estaba diciendo; es por la noche. Estoy sentada en la parada del tranvía. Despejo de mi cabeza los pensamientos cósmicos y otras alteridades con bastante facilidad y me concentro en otras cuestiones. Me apetece fumar, pero no tengo papel. Tengo frío, pero no tengo abrigo. Tengo hambre, pero me duele comer. Bien, pienso. Lo que parecía ser un sábado como otro cualquiera, o al menos, en principio, anodino y relajado, no lo ha sido al final. Una lástima, ¿eh? Es una completa mierda, me respondo. Hace tiempo que converso conmigo misma, pero todavía seguimos peleando. Es agotador. No me comprendo.
No me escucho más. En seguida me hago callar porque me duele demasiado el estómago. En otras ocasiones, he tenido miedo de que hubiera podido tener úlceras, pero no es el caso. Me duele comer. Mejor dicho, me está doliendo haberme comido un bocadillo hace una hora. La única posibilidad lógica que se me ocurre es que tenga una intoxicación. Busco un ibuprofeno en mi bolso, aunque soy consciente de que si me pongo en lo peor, no me aliviará en ningún caso. Bueno, pienso, tengo batería. Puedo llamar a urgencias. Madre, eres la primera en mi lista de contactos, pero si deliro no quiero preocuparte a noventa kilómetros de distancia. Asiento convencida.
Pero, después de estar todo el día sin comer, exceptuando el triste café que me he preparado nada más levantarme a la... ¿una del mediodía?; no me he metido nada a la boca. ¿Por qué, entonces, mi estómago está agonizando? Un escalofrío me recorre el cuerpo y me sacude desplazando el dolor. No, lo más desagradable es que lo poco que me mantiene con la suficiente nicotina, el suficiente calor y la suficiente satisfacción se me está escapando. Ha tomado la forma de un fantasma, mitad transparencia, mitad alucinación, y se está escapando por mi boca. Tengo miedo de moverme y quedarme vacía, así que me quedo quieta.
Sentada, observo que quedan cinco minutos para que llegue el tranvía y dudo de si entrar o no hacerlo. Los paneles marcan que el siguiente pasará en veinticinco minutos, pero casi hubiera agradecido que hubiesen sido más. Sin tabaco, con frío y con dolor, no soy capaz de levantarme del banco. Sabes que esto iba a pasar, me digo. Es un duelo que tienes que atravesar y después se relajará. Asiento. Pero después pienso que me lo tengo merecido. Llevabas demasiado tiempo acostumbrándote a los vermuts de mediodía, de media tarde y de media noche que terminaban entre sábanas sonoras; sabías que se iba a terminar. Vuelvo a asentir.
Yo tengo un poder. Tengo el poder de saber cuando la voy a cagar. Es... asombroso. Vaticino, predigo o se me escurre una especie de presentimiento, el cual levita en torno a mi cabeza, como las estrellas que he estado contemplando mientras caminaba disentida al lugar donde me encuentro. Es el poder que me susurra que en un momento a otro todo se va a ir a la mierda. Y este privilegio podría servir de algo si fuera a utilizarlo a mi favor, pero tampoco es el caso. Fantasma. Tú eres la única fantasma. Un quiero y no puedo porque te da miedo. Yo soy el soplón. Mis demonios son el pícaro y el mono. La vela, mis sueños.
Soñé que corría por unas calles empedradas protegidas por casas de balcón embuidas en una espiral. Los guijarros eran arañas de ocho patas que se movían al compás de un madrigal. Y yo corría y corría en ese laberinto porque estaba siendo perseguida. No podía ver hacia atrás, ni hacia adelante; solamente al suelo. Las arañas no subían por mis piernas, pero me hacían tropezar y me paraba, alcanzándome así mis perseguidores. Y entonces lo veía. Me veía. Veía el cuadro del Greco tal y como está pintado. El pícaro y el mono se ríen del soplón mientras extingue sus sueños. En un soplido, se esfuman.


"Fábula", El Greco

Levanto la cabeza y observo en frente mío abrirse las puertas del tranvía. No quiero subir. Este gusano de metal no me espera más destino que el de mi casa, sucia y desordenada como la he dejado al marcharme, pero también con un aroma que no es mío, pero que me poseía. Me tomaba suya y me gustaba. Me abrazaba, me contrariaba, me divertía, disfrutaba y lo quería; y esta tarde ha cruzado el umbral. Maldito olor. No quiero sentir tu presencia. Tú, que eres prueba del delito humano.
Así que me quedo mirando contemplativa el torpe cruce de los pasajeros, compañeros o no de mi espera en la parada. Qué mal entramos a los tranvías. Incluso por la noche somos polvo de harina en embudos colapsados. Pero decido levantarme, no sé muy bien con qué fuerzas, y me dirijo a las puertas, atravesándolas. No es momento de delirio, sino de lucha. Golpéate tantas veces como quieras la cabeza contra los muros, tírate piedras a tu tejado, echa por tierra tus planes, pero al menos, cálzate unos buenos guantes de boxeo y buenas protecciones para la mandíbula. No seas tonta, que te quedan por delante muchos combates, aunque las apuestas a tu favor sean mínimas.
Busco mi reflejo en el espejo, justo debajo del mapa de líneas, devolviéndome una sonrisa que saboreo como ambrosía. Tranquila, me digo. Relájate, no pasa nada, todo irá bien. Me suena el móvil, un truquido que no esperaba. Leo, asiento y escribo sin dejar de sonreír. Ahora visualizo una casa que no es la mía y en la que no está ese olor al final del trayecto. También veo vino, dos botellas en concreto. Cómpralas tú por si acaso, me digo.
Lo que ocurrió después fue otra fábula, pero sin sueño. No hubo arañas que me hacían tropezar, ni pícaros ni monos que se reían de mi. Ahora estaba bailando en los márgenes del laberinto. Me reía de mi sombra, todavía encadenada a esa cárcel. ¡No eres mi cuerpo! Yo estoy aquí bailando. ¡No eres mi cuerpo! Yo estoy aquí bailando.
Fue un descanso. Un quiero, puedo y me debo el ser feliz. Fue un tango compartido a seis brazos, dos camas y cuatro horas de sueño. Mañana será mañana. Pero el mañana también puede ser fortuna. Y la fortuna ayuda a los audaces.
¡Que toquen la campana! Yo ya estoy en mi esquina y no pienso tirar la toalla. Aunque el combate esté amañado. Aunque tenga los ojos morados de llorar.  



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