- ¿Por qué dices que vas a trabajar en un tanatorio, mujer? Mira que hay boutiques más alegres y más vivas que eso, ¿y te vas a ir allí? ¿Y no te va a dar pudor maquillar a muertos? ¿A cadáveres? Por favor, es... es... escalofriante. Haber estudiado estética y terminar trabajando en un tanatorio, de verdad. Chica, no te comprendo. Te prometo que no te comprendo. Al menos, cobrarás bastante, ¿no? Ya me imagino, ya. ¿Es la priva, no? Es la pasta, es el dinero lo que te mueve. ¡Anda! Si es que no es eso, ¿no sé que va a ser? ¿Estás agobiada pagando el piso? ¿Es eso? Si quieres, te puedo prestar el dinero. ¡Que no hay problema, mujer! Que bueno, soy tu jefa, pero tenemos ya una buena relación, ¿eh? Un aumento, lo que es un aumento, no puedo dártelo; pero sí prestarte dinero porque sé que me lo vas a devolver. ¡Anda si lo sé! No te vayas porque no confíe en ti, por favor. ¡Que sabes que te tengo mucho aprecio! ¡Fíjate! Si es que, ¡a nuestras mejores clientas les encantas! Se van como locas hablando fenomenal de ti, y es porque sabes escuchar. Pues sí, sí. ¡Tal como lo oyes! Así lo dicen. ¡Encantadísimas! Entonces, entenderás, que quiero saber por qué una de mis mejores trabajadoras y que mayor beneficio me deja se marcha, ¿no? Es lógico. No pretendo decirte ni lo que tienes que hacer, ni obligarte, ni nada, tan sólo hacerte ver que en esta empresa eres excepcional y de gran valor. Y ya te digo, ¡es que la clientela que tenemos contigo se va contentísima! Que si Alejandra esto, que si Alejandra aquello. Mujer, es que tienes unas dotes fenomenales para la escucha. En fin, ¿por qué dices que te quieres ir?
Estaba terminando de recoger mi taquilla, aunque normalmente no solía dejar nada en ella para pasar el menor tiempo posible en la boutique. De hecho, no habría vuelto de no ser porque me había dejado unos pendientes guardados. Pero me arrepentí en cuanto crucé por la puerta y vi aquellos ojos negros vidriosos, medio llorones, que siempre tenía la señora Calatrava. Todavía no había descubierto si era porque su marido le pegaba o por la medicación que tomaba para su depresión, pero siempre los tenía y sabía que por una cosa u otra tenían que ser. Aunque tratara de disimular con su griterío, reconocía perfectamente esa fachada triste que trataba de esconder aún con abundante maquillaje. De hecho, muchas veces me pedía que la pintase y le peinase en privado. Ella decía que era porque le gustaba como lo hacía, pero en realidad, yo sabía que me lo pedía porque iba a ser la única persona que no le preguntaría que qué era lo que le ocurría, tan desolada como en realidad estaba. Solamente me limitaba a escuchar, pero no por comprensión, sino porque no quería hablar. No me importaba. A veces, y aunque me encontrase junto a ella, era como si no estuviese ni siquiera en la misma habitación. Y aunque más que hastío hacia aquella mujer, lo que sentía era lástima, aquel día no estaba de humor.
Aunque no paraba de decirme que quería que me quedase y que la funeraria iba a ser mucho peor, también me había reducido a la mitad mi finiquito. ¿Que soy la trabajadora que mayores beneficios le da, pero luego me dice que no me puede pagar todo, ni siquiera con las horas extras, porque no le había avisado con suficiente antelación para hacer correctamente la sustitución? Pero, ¿de qué se cree esta mujer que trabaja que necesitan urgentemente una sustitución? ¿Controlador aéreo?
- Los muertos no hablan, ¿sabe?
- ¡Oh! Mujer, pero qué tenebrosa eres, de verdad. ¿Sabes que...
- (Alejandra le interrumpe sin dejarle terminar la frase.) Me he cansado de escuchar problemas, incongruencias, chismorreos y demás nimiedades. Me he cansado de su salón, sus clientas y de usted. Y no me mire así pretendiendo amenazarme. ¿No ha dicho por todo el barrio que soy fantástica? ¿No dicen todas sus clientas que soy excepcional? ¿Y no sabe también la gente que ha echado a mitad de las trabajadoras, nos ha tenido durante varios años sin contrato y a quien se ha querido ir le ha reducido la paga prácticamente a la mitad? ¿No es cierto todo? Pues mejor que no diga nada. Deje simplemente que me marche.
La señora Calatrava se queda atónita. Se echa para atrás para dejarle paso y Alejandra se va. Fin de la escena.
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